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Existe todavía un largo camino por recorrer para llegar a conocer las causas de la artritis reumatoide. Esto, sin embargo, no ha impedido el desarrollo de nuevos y efectivos tratamientos para el control de esta enfermedad.

¿Es hereditaria?
Una duda que frecuentemente asalta a los pacientes con artritis reumatoide es la de saber si sus hijos también tendrán la enfermedad. Aun cuando es cierto que los familiares cercanos (padres, hermanos, hijos) de los pacientes con artritis reumatoide tienen más posibilidades de tener la enfermedad que las demás personas, sólo en pocos casos coinciden en una misma familia dos personas con este tipo de artritis. Por ello, no se puede decir que sea una enfermedad hereditaria y tampoco se puede afirmar que sea un impedimento para tener hijos.


¿Tienen algo que ver los alimentos?
Aun cuando existe la creencia popular de que algunos alimentos pueden desencadenar la artritis, particularmente las “carnes rojas”, no se puede en la actualidad afirmar que exista algún alimento que sea causa de la artritis reumatoide, ni que la empeore. Por lo tanto, no existen restricciones dietéticas particulares; en otras palabras, el paciente con artritis puede tener una alimentación normal.

La anterior no quiere decir que no debamos tener en cuenta el papel fundamental que tiene una adecuada nutrición. Una dieta adecuada y equilibrada es importante para mantener un buen estado de salud, tener un peso acorde a la talla, así como un estado energético ideal. Esto hará que el paciente se sienta bien, hará más efectiva la lucha contra la enfermedad, al tiempo que disminuirá el riesgo de sufrir otras enfermedades.

Una “dieta adecuada y equilibrada” es aquélla que suministra, en cantidades suficientes, cada una de las siguientes sustancias:

Proteínas: son sustancias fundamentales, ya que intervienen en la construcción y reparación de todos los órganos de nuestro cuerpo (incluidos, claro está, los diferentes órganos que constituyen el aparato locomotor). Las proteínas se encuentran en las carnes, el pescado, el huevo, la leche y sus derivados.

Carbohidratos (o azúcares): sustancias que constituyen una fuente de energía indispensable para la realización de nuestras actividades diarias. El azúcar, los dulces, los granos, los cereales y las frutas son ricos en carbohidratos.
Grasas: son sustancias que constituyen una reserva de energía, que se acumula en el organismo para ser utilizada cuando se requiera. Pueden ser de origen animal (en las carnes, el huevo, la leche) o vegetal (margarina, aceites).
Vitaminas y minerales: son sustancias que se requieren en general en moderadas cantidades y que se encuentran en la alimentación normal. Es raro que se necesiten “suplementos vitamínicos”, ya que una alimentación adecuada es la fuente más importante de vitaminas.

El paciente frecuentemente acude donde el médico en busca de un suplemento alimenticio o un “reconstituyente”. No hay que olvidar: el mejor reconstituyente es una buena alimentación.

 

¿Qué hacer con respecto al alcohol?
El consumo de alcohol - sobre todo en grandes cantidades - no es recomendable ya que tanto el alcohol como muchos de los medicamentos utilizados pueden producir irritación del estómago. Por otro lado, el alcohol y varios medicamentos afectan el hígado y el consumo simultáneo de estas sustancias produce un aumento en el riesgo de tener problemas en este órgano.

 

¿La artritis reumatoide sólo produce daño en las articulaciones?
La artritis reumatoide es una enfermedad generalizada que produce daño principalmente en las articulaciones. Sin embargo, puede afectar varios órganos que no forman parte del aparato locomotor; de hecho, varias de las manifestaciones de esta enfermedad no tienen nada que ver con las articulaciones.

Puede haber anemia, pérdida de peso y malestar general inicialmente, que se pueden confundir con otras enfermedades. Hasta en una tercera parte de los pacientes pueden llegar a identificarse unas lesiones en la piel conocidas como “nódulos reumatoideos”. Se presentan en general en personas con una enfermedad de larga duración, habitualmente en los sitios de apoyo (los codos o los antebrazos, por ejemplo). Los “síntomas secos” (en ojos y boca, principalmente) son bastante frecuentes en la artritis reumatoide. La afección de otros órganos o sistemas no es afortunadamente tan común, aun cuando es variada. En efecto, se han observado problemas en los ojos (diferentes de la sequedad), los pulmones, el sistema nervioso, el hígado y el aparato digestivo.

 

¿Cómo progresa la artritis reumatoide?
Cada caso es diferente. Esto quiere decir que la artritis reumatoide tendrá un comportamiento determinado en un paciente y uno muy diferente en otro paciente. Es importante tener esto en cuenta, ya que el pronóstico de la enfermedad y el tratamiento de la misma podrán ser distintos entre un paciente y otro.

En cuanto al modo de presentación, lo más frecuente es que el inicio sea lentamente progresivo, es decir que las manifestaciones articulares se presentan progresivamente en el transcurso de semanas o meses. Puede también haber un modo de inicio un poco más rápido: en días o semanas aparecen las manifestaciones clínicas. También puede haber un inicio agudo, “explosivo”, apareciendo la inflamación en diferentes articulaciones en el transcurso de algunos días o inclusive algunas horas. Existen otras formas más raras de presentación.

Otra característica de la enfermedad es la alternancia de períodos de enfermedad con períodos relativamente libres de síntomas. Estos períodos libres de síntomas tienden a ser variables, aunque raramente son muy prolongados. El paciente debe ser consciente de esto, ya que en ocasiones puede pensar que su enfermedad está “curada”, cuando se trata sólo de un alivio temporal de los síntomas. No debe por lo tanto suspenderse el tratamiento y cualquier cambio que se desee hacer al mismo debe ser de común acuerdo con el médico tratante.

De 100 personas que tienen artritis reumatoide, 50 o más tendrán un grado importante de limitación en sus actividades después de 20 años y 5 desarrollarán una enfermedad muy grave con incapacidad.

Cabe recalcar que la evolución de la enfermedad depende en buena parte del tratamiento, tanto el farmacológico (es decir, con drogas) como el no farmacológico (terapias, cirugía, etc.). Un tratamiento adecuado y constante permitirá obtener mejores resultados.

 

¿Cómo se diagnostica la artritis reumatoide?
Como con todas las enfermedades, el diagnóstico de la artritis reumatoide se hace con base en los síntomas, es decir, lo que el paciente siente y le cuenta al médico. Al principio de la enfermedad es muy frecuente que el paciente sienta cansancio y malestar general. Presenta dolor e hinchazón en varias articulaciones, en general de ambos lados del cuerpo, muy frecuentemente en las manos, pero también son comunes los síntomas en otras articulaciones. Las articulaciones inflamadas se endurecen temprano en la mañana y van recuperando su movilidad con el correr de las horas. No es raro el dolor nocturno que inclusive despierte al paciente mientras duerme o le impida conciliar el sueño.

Los signos clínicos, es decir, lo que el médico encuentra al examinar al paciente, constituyen otro elemento fundamental para el diagnóstico de esta enfermedad. Se aprecian las manifestaciones inflamatorias en diferentes articulaciones: dolor, hinchazón, enrojecimiento y calor. Hay dolor al tocar o al mover las articulaciones y en ocasiones se aprecia una disminución del movimiento articular, particularmente en las personas que tienen una enfermedad de varios años de duración.

Los síntomas que refiere el paciente y los signos que encontramos al examinarlo son suficientes en la mayoría de los casos para hacer el diagnóstico; sin embargo, a veces es necesario acudir a ciertos exámenes como las radiografías y algunas pruebas realizadas en sangre para aclararlo.

 

¿Qué exámenes se necesitan y cuál es su importancia?
Como mencionamos anteriormente los exámenes son a veces una herramienta útil para el diagnóstico de la artritis reumatoide. Por otra parte, juegan un papel fundamental en la evaluación del paciente a quien ya se le ha diagnosticado la enfermedad. Finalmente, son esenciales para la vigilancia de los pacientes que reciben algunas drogas: no debemos olvidar que todos los medicamentos pueden tener efectos tóxicos para el organismo; los exámenes de laboratorio son de gran ayuda para detectar tempranamente algunos de estos efectos indeseables.

Diagnóstico: en ocasiones es necesario solicitar radiografías de las articulaciones más afectadas para hacer el diagnóstico de artritis reumatoide, aunque éstas suelen ser normales en las fases tempranas de la enfermedad. Exámenes de sangre conocidos como “factor reumatoideo” y “anticuerpos anticitrulina” son a veces también de utilidad.

Evaluación del paciente con diagnóstico de artritis reumatoide. Las radiografías son particularmente útiles, ya que ayudan a evaluar el daño articular producido por la enfermedad. Así mismo, permiten hacer comparaciones a través del tiempo: una radiografía reciente comparada con una radiografía anterior nos muestra si el daño de una articulación determinada ha progresado. Por ello es importante conservar las radiografías. Antes de cualquier cirugía de una articulación también debe disponerse de una o más radiografías de la misma.

Vigilancia de los pacientes que reciben algunas drogas. La detección temprana de los efectos tóxicos de las drogas se realiza en buena parte gracias a los exámenes de sangre y orina. Por ejemplo, si sabemos que el metotrexate puede producir efectos tóxicos en el hígado, la detección en la sangre de sustancias que nos ayuden a medir el funcionamiento del hígado será de utilidad.

 

¿La artritis reumatoide es curable?
La artritis reumatoide es una enfermedad crónica cuya curación aún no ha sido descubierta. A pesar de ello, existen actualmente tratamientos que permiten reducir el dolor y la inflamación, e inclusive modificar el curso de la enfermedad y controlarla.

No hay que olvidar por otro lado que puede haber períodos, inclusive bastante largos (varios meses y raramente varios años), durante los cuales el paciente no experimenta los síntomas de la enfermedad. Debe vigilarse de cerca a estos pacientes ya que la enfermedad puede “reactivarse” en cualquier momento.

El adecuado control de la enfermedad no sólo depende del médico y de lo que éste pueda formular. Buena parte de la responsabilidad del éxito o el fracaso del tratamiento recae sobre el paciente. Una adecuada comunicación entre el médico y su paciente es por lo tanto fundamental para elaborar el plan de tratamiento más adecuado para cada caso.

 

¿Cómo se trata?
Es fundamental establecer los objetivos del tratamiento tanto a corto plazo como a largo plazo. Los objetivos a corto plazo son el alivio del dolor y la inflamación de las articulaciones para brindar con la mayor prontitud posible al paciente la posibilidad de reasumir sus funciones habituales en el seno de la familia, el trabajo y la sociedad. Igualmente se busca evitar al máximo los episodios de inflamación y mantener por un tiempo prolongado los períodos libres de síntomas.

A largo plazo se busca conservar la función de las articulaciones, evitar que se dañen y que se deformen. Cuanto más se logren reducir los episodios de inflamación más fácil será cumplir con los objetivos a largo plazo.

Para cumplir con estos objetivos se cuenta con dos tipos de tratamiento, el farmacológico y el no farmacológico. El tratamiento farmacológico, es decir con fármacos o drogas, incluye los antiinflamatorios no esteroideos, los glucocorticoides (derivados de la cortisona) y las drogas “modificadoras de la enfermedad”.

El tratamiento no farmacológico incluye otros tipos de estrategias. Desde el “simple reposo” en el momento adecuado, pasando por los ejercicios ideales en el momento indicado, hasta la más complicada de las intervenciones quirúrgicas, requieren de la participación de un equipo en el cual intervengan muchas disciplinas: el reumatólogo, el cirujano ortopédico, el médico especialista en rehabilitación y profesionales especializados en el laboratorio clínico, la terapia física y la terapia ocupacional.

 

¿Cuáles son las drogas utilizadas en el tratamiento de la artritis reumatoide?
Antiinflamatorios no esteroideos. Disminuyen la inflamación y alivian el dolor. Son medicamentos que actúan rápidamente y durante un corto período de tiempo. El primer antiinflamatorio fue descubierto hace más de cien años: es la conocida aspirina. Desde entonces ha aparecido un número considerable de estos productos, quizás con un común denominador: los efectos secundarios a nivel del estómago y los intestinos (gastritis, úlceras principalmente). Los pacientes que no toleran bien los antiinflamatorios o que tienen un mayor riesgo de sufrir una úlcera o una gastritis, deben acudir a drogas que los protejan contra estos efectos secundarios. A pesar de su efecto sobre los síntomas, estos medicamentos no detienen el progreso de la enfermedad.

Glucocorticoides (derivados de la cortisona). Con los glucocorticoides se busca reducir rápidamente la inflamación y el dolor articular. Se procura utilizarlos por un corto periodo, pero cuando son necesarios por tiempo prolongado, se intenta reducir las dosis.

Los efectos secundarios de los glucocorticoides son muy diversos, pero podrán ser disminuidos utilizando dosis bajas. Una dieta adecuada y equilibrada ayuda a evitar el sobrepeso asociado a estos medicamentos. Se recomienda también el consumo simultáneo de calcio y vitamina D. Tanto el inicio como la interrupción de los glucocorticoides deben hacerse bajo supervisión médica. Se deben evitar las interrupciones bruscas de la medicación. En resumen, toda terapia con estas drogas debe ser estrechamente vigilada por el médico tratante.

Medicamentos modificadores de la enfermedad. Como su nombre lo indica, son capaces de “modificar el curso de la enfermedad”. Esto quiere decir que gracias a su uso se logra que la evolución de la artritis sea más benigna, con menos episodios de inflamación y períodos libres de síntomas más prolongados. Su efecto, a diferencia del de los antiinflamatorios no esteroideos y los glucocorticoides, no es inmediato; puede durar semanas o meses en manifestarse. El objetivo es, a largo plazo, disminuir la destrucción articular, evitar las deformaciones y mejorar la calidad de vida de los pacientes. Existen varios medicamentos pertenecientes a este grupo. Los que más se utilizan son el metotrexate, la cloroquina, la hidroxicloroquina, la sulfasalazina y la leflunomida.

El conocimiento actual de la artritis reumatoide ha permitido además desarrollar nuevos fármacos que en conjunto son conocidos como “terapia biológica”: son medicamentos capaces de bloquear de manera específica algunos de los productos que generan la inflamación en esta enfermedad. El uso de la terapia biológica se reserva habitualmente para los casos en los que el tratamiento “habitual” ha fallado, ha sido tóxico o tiene contraindicaciones. Sin embargo, también puede ser la primera elección en una enfermedad grave. Algunos de estos agentes biológicos son: el infliximab, el adalimumab, el etanercept, el abatacept, el rituximab y el tocilizumab.

No se pretende en este artículo revisar cada uno de los medicamentos mencionados. Sus beneficios, efectos secundarios potenciales y contraindicaciones se encuentran en múltiples textos y deben ser siempre discutidos con el médico tratante.

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